Iconos del terror


Cine de terror en Suite101.net


    Tengo una buena noticia. En el portal en el que colaboro, Suite101.net, me han nombrado colaboradora experta de la sección de Cine de terror.

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      Colaboración en Suite101.net


      Me complace mucho anunciar que soy Colaboradora del Portal de contenidos Suite101.net. Podéis leer todos mis artículos pinchando en este enlace. En el widget que viene a continuación podéis acceder a mi perfil y a tres artículos publicados:



      Republicante




      Presentación del libro “El héroe del western. América vista por sí misma”


      Como algunos sabéis, mi tesis doctoral ha sido publicada por la Editorial Complutense y acaba de salir a la luz coincidiendo con la Feria del Libro.

        El sábado 13 de junio voy a estar firmando ejemplares en la caseta de la Editorial Complutense. El marco será, por supuesto, el madrileño y bucólico parque de El Retiro:

          Sábado 13 de junio, de 18:00 a 20:00 horas.
          Caseta nº 252, Editorial Complutense.
          Parque de El Retiro

          Os invito a todos a pasaros por allí, para mí será un placer veros.

                “El héroe del western. América vista por sí misma presenta los modelos culturales, la historia y el concepto de identidad nacional de Estados Unidos ocultos tras la apariencia ingenua del género del western. El multifacético héroe del western es observado como el elemento central de una mitología patriótica que reinterpreta la génesis y la historia del país. Un héroe que encarna la imagen que el estadounidense quisiera tener de sí mismo y de su papel en el mundo, imagen que a su vez ha ido evolucionando dentro del género y en la vida misma. Acentuando estos cambios, el western ha llegado a aprovechar el deterioro físico de sus principales estrellas (Gary Cooper, John Wayne, Burt Lancaster, Randolph Scott…) como símbolo de la decadencia de sus estereotipos heroicos.

                  El libro dibuja un detallado y ameno retrato de los modelos heroicos presentes en este género e ilustra cómo la industria cinematográfica estadounidense ha buscado una entidad y una identidad nacional tan atractiva como cambiante a lo largo del tiempo, elaborando un amplio abanico que abarca desde las luminosas y juveniles hazañas deportivas de Tom Mix hasta la sombría deconstrucción hiperrealista de Clint Eastwood en Sin Perdón. El western es la epopeya fundacional de un mundo nuevo contada de una manera novedosa a través del cine, un medio que ha permitido a los realizadores de todas las tendencias materializar sus reflexiones a través de seductores héroes y villanos.”

                  Podéis acceder a más información sobre el libro (fragmentos del mismo, puntos de venta, noticias…) en http://www.heroedelwestern.com.



                  Día sin tabaco


                  Clickocomero


                  Pincha para ampliar la imagen

                    Apocalipso Cocomero nació con ambiciones de gran superproducción, tanto es así que hasta se plantearon productos típicos del merchandising más multitudinario. Aquí una pincelada, el click cocomero. Luego pasó lo que todos sabemos, de alguna manera, por algún motivo todo se fue al garete, pero quedan preciosos rastros de lo que pudo llegar a ser.



                    Apocalipso Cocomero. El terror no tiene rostro


                      Hoy es Halloween. Como todos los años, la parafernalia de esta fiesta de origen pagano dará una nota de color a los fríos días de invierno. Los hogares y las calles de las ciudades y pueblos (principalmente de los países anglosajones) se verán inundados de sonrientes calabazas, niños ávidos de golosinas y adultos que, disfrazados de los habituales engendros, acudirán a los mismos festejos que se celebran año tras año.

                        Aunque en España no sea tradición conmemorar esta fiesta, su mera existencia supone una excelente excusa para el cinéfilo amante del género del terror. Nada como arrebujarse en el sofá de casa y disfrutar visionando buenas pelis de miedo. De ésas realmente desasosegantes, que le hacen a uno estremecerse cada vez que se escucha el más mínimo ruido (el chirrido de una puerta, la tos de un vecino…) y que nos siguen acompañando mucho tiempo después, cuando vamos al baño (maldito Hitchcock y su escena de la ducha) y cuando nos metemos en la cama, alimentando nuestros terrores nocturnos.

                          Una de esas pelis recomendables es Apocalipso Cocomero. O mejor dicho, sería, porque desgraciadamente se ha perdido. No se sabe muy bien cómo sucedió (como siempre que se habla de una película maldita), pero el caso es que una serie de desafortunados y lamentables incidentes desembocaron en la desaparición de los negativos del filme. Pese a ello, esta película notable no fue condenada al olvido, pues hoy se trata de una obra de culto y de un icono del terror del que sólo unos pocos pudieron disfrutar.

                            Apocalipso Cocomero. El terror no tiene rostro comienza mostrando una deuda aparente con el slasher. Un nutrido grupo de jóvenes, que se relame con las expectativas de unas cortas pero intensas vacaciones repletas de sexo y alcohol, se encuentra frente a frente con una muerte horrible. Sin embargo, el psicópata de turno es sustituido por un horror totalmente inesperado para el espectador, en una apuesta sorprendente que nos retrotrae a grandes clásicos del género. Con reminiscencias al monstruoso hombre-planta de El enigma del otro mundo (The Thing, Christian Nyby, 1951) y a las vainas alienígenas de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Don Siegel, 1956), tantas veces versionada, los delirantes híbridos antinatura de Apocalipso Cocomero siembran el pánico entre sus víctimas iniciando una masacre que acerca el filme al territorio del gore más explícito a la vez que protagonizan escenas de profunda carga visual y valor onírico.

                              En Apocalipso Cocomero también queda espacio para el humor y el homenaje cinéfilo, desde Sam Reimi y su trilogía compuesta por Evil Dead (Posesión infernal, 1981), Evil Dead II (Terroríficamente muertos, 1987) y Evil Dead III: Army of Darkness (El ejército de las tinieblas, 1992), hasta el terror absurdo e hilarante de El ataque de los tomates asesinos (Attack of the Killer Tomatoes!, John De Bello, 1978). A su vez, parte del encanto pulp de Apocalipso Cocomero puede rastrearse en obras posteriores del género, como la indescriptible Ovejas asesinas (Black Sheep, Jonathan King, 2006).

                                En fin, una película ideal para ver la noche de Halloween, si esto fuera posible. Aunque siempre podemos contentarnos disfrutando lo que queda de ella: el trailer y uno de sus carteles. Esta noche podremos sustituir la calabaza de Halloween por una inquietante sandía sin rostro.

                                    FICHA TÉCNICA
                                    Apocalipso Cocomero (El terror no tiene rostro)
                                    Dirección: Iván Pérez
                                    País: España
                                    Año: 2003
                                    Duración: 70 min
                                    Interpretación: Jorge Pedro Parrondo alias “Jorgito” (Dwein), Virginia García Vega (Jenny), José Manuel Paadin (John), Laura Starlette (Amy), Miguel Castro Vidal (Alan),
                                    Francisco J. Fernández (El Heavy), J. M. Amor (Cocomero A), Carolina Castro (Cocomero B), Benjamín Alba (Cocomero C), Aida Lorenzo (Cocomero D), Benjamín Alba (Cocomero E), Susana Rodríguez Vilar (Cocomero F).
                                    Guión: Miguel Castro.
                                    Producción: Iván Pérez, Miguel Castro.
                                    Música: Rafa Junior.
                                    Fotografía: Toni Guillén.
                                    Montaje: José Manuel Paadin.
                                    FX: Francisco Javier Linares.
                                    Diseño de Producción: Iván Pérez, José Manuel Paadin.
                                    Dirección artística: Iván Pérez, José Manuel Paadin.
                                    Script: Pedro F. Carvajal.
                                    Catering: Los cuñaos equipo turmix.



                                    Batman, el héroe que vive en un castillo


                                      El apellido “Wayne” ha sido sinónimo de excelencia en la ciudad de Gotham desde tiempos ancestrales. No se tiene constancia cierta de qué Wayne fue el que amasó tan fabulosa fortuna, pero lo cierto es que generación tras generación, los varones de dicha familia se han caracterizado por aunar todas las virtudes envidiables posibles: éxito, inteligencia, gallardía, reconocimiento, riqueza… por no hablar del intachable historial familiar apuntalado en el amor y en el respeto.

                                        Hasta que la tragedia les sacudió con crueldad.

                                          Los padres de Bruce Wayne fueron asesinados en su presencia siendo él todavía un niño. El padre de Bruce era un reputado profesional liberal que destilaba filantropía y nobleza, mientras que la madre… bueno, debía ser una mujer notable también, pero no se sabe mucho sobre ella. Ambos fueron tiroteados a la salida de la ópera por un ratero de poca monta. El padre de Bruce murió defendiendo a su familia con el heroico valor que siempre ha corrido por la sangre de los Wayne.

                                            Bruce se convirtió en el traumatizado heredero de una inmensa fortuna y un castillo con regusto feudal a ancestrales privilegios. Como no podía ser de otra manera fue criado por Alfred, el mayordomo perenne de sabiduría y nobleza equiparables a las de los esclavos filósofos griegos que educaban a los futuros emperadores romanos. El joven Bruce sublimó sus complejos e inseguridades en una obsesiva constancia por llevar al límite las capacidades físicas e intelectuales del ser humano en pos de la justicia y la venganza. Cuando su increíble talento natural para las gestas marciales, junto a su innata inteligencia y creatividad extraordinarias, no fueron suficientes para derrotar a enemigos sobrehumanos, no dudó en emplear la más moderna tecnología que el dinero pudiera proporcionar.

                                              Así es como nació el que sería, junto a Superman, el superhéroe más cotizado y longevo de la historia del gremio: Batman.

                                                En muchas fuentes se justifica la popularidad y la originalidad de Batman por ser un superhéroe carente de superpoderes innatos. No es más que un ser humano capaz de partirse la cara con monstruos sobrenaturales y enemigos mutantes.

                                                  Pero Bruce dista mucho de ser un ser humano corriente, es un caballero justiciero por derecho divino a la manera de la más arcaica mitología europea. Forma parte de una estirpe dirigente y dispone de privilegios exclusivos de los que sólo un “Wayne” puede gozar. Su fuerza física, su tesón, su temperamento férreo son igualmente heredados, se destaca del resto de la chusma de Gotham, de un lumpen anárquico con predisposición al crimen y a la traición.

                                                    La ciudad de Gotham está constantemente en manos de villanos, sus órganos políticos y policiales están corruptos hasta las entrañas y sus gentes deambulan llenas de desesperanza por las oscuras calles flanqueadas por amenazantes rascacielos neogóticos copados por gárgolas apocalípticas. El ser humano medio no vale gran cosa en la ciudad de Gotham. Los ciudadanos son monigotes aborregados que dependen de los titulares de los periódicos para opinar, son criaturas débiles de espíritu, alfeñiques con tendencia al pánico y a la desesperanza. Se ponen en manos de cualquiera que arroje fajos de billetes al aire, ceden ante cualquier chantaje y se vuelven contra sus defensores al menor rumor.

                                                      Batman es el superhéroe feudal que Gotham necesita, un tipo que por derecho de nacimiento se pone la capa y la armadura y que emplea cualquier medio para un fin tan loable como subjetivo: la justicia. Una justicia que no merecen sus ciudadanos, pero que de manera casi paternalista es administrada por el único ser humano capaz de cargar con semejante tarea: un Wayne.



                                                      Por fin se acabaron las olimpiadas


                                                      Los actores obedecen órdenes, pueden hacerlo como una computadora. Ése es el espíritu chino”.

                                                        Puede parecer la cita de un occidental deslenguado burlándose del gusto de los chinos por los montajes colectivos. Pero, de hecho, es la cita del coreógrafo de la maratoniana ceremonia de inauguración de los recién celebrados juegos olímpicos de Pekín: Zhang Yimou, para el diario Südliches Wochenende. Es el realizador chino más comercial, director contrastado de películas tan fastuosas como Hero o la La maldición de la flor dorada, en las que destacan la ingente cantidad de gente que trabaja coordinada a la perfección y las coreografías marciales con precisión de reloj suizo. En dicha entrevista el director chino sorprende e incluso escandaliza al occidental de a pie declarando su admiración por la uniformidad de los espectáculos norcoreanos: “Ese tipo de homogeneidad puede ser tan hermosa…”, y añadiendo lleno de orgullo “Los chinos también podemos hacerlo”.

                                                          Zhang se burla de la pereza y la imprecisión occidental sacando a la luz sus desagradables experiencias laborales dirigiendo ópera fuera de su amada China. “Los extranjeros no pueden hacerlo, aunque sólo sea por los derechos humanos”. Les arroja a la cara el trabajar sólo cuatro días y medio a la semana, apurar sus pausas para el café diarias y todas esas asociaciones, sindicatos y agrupaciones… total, para luego ni siquiera ser capaces de formar una fila recta. Los chinos realizan en menos de una semana (gracias a su “cultura”) lo que los Europeos tardan más de un mes. Sólo los norcoreanos pueden llegar a hacerlo mejor.

                                                            Han sido varias semanas de saturación polideportiva en la que se repasaba a diario la hegemonía de los países más influyentes del mundo a golpe de medallero, lista en la que, como no podía ser de otra manera, destaca el primero de la clase, el más disciplinado, el más aplicado, el más trabajador y el que mejor actitud denota frente al esfuerzo y el sacrificio extremo: el pueblo chino, qué caramba. A los demás sólo nos queda observar el constante goteo de dorado metal con fingida indiferencia y muda admiración, así nos burlamos con mirada aviesa y sonrisa desencajada, “Coño los chinos, claro, como están todo el día currando como chinos…”. Nos queda la superioridad moral derivada de nuestras “conquistas sociales”, es decir: aquellas convenciones por las que ningún europeo debe esforzarse más de lo razonable a costa de convertirse en esquirol adicto al trabajo.

                                                              Ahora un líder intelectual chino se burla precisamente de las hazañas históricas de occidente, de la semana laboral de menos de 40 horas, de los días festivos y ya no digamos de las vacaciones, las huelgas, los sindicatos, o el paro. Risible.

                                                                Llegados a este punto las olimpiadas han hecho estragos a ambos lados de la gran muralla, cientos de millones de chinos se han hinchado de orgullo patrio y racial y cientos de millones de occidentales (ahí se incluye todo el cajón desastre racial y cultural amalgamado bajo la bandera del american way of life) se vuelven a preguntar si es mejor trabajar para vivir o si es más trascendente vivir para trabajar y alcanzar la excelencia colectiva y la perfección china.

                                                                  Siempre nos quedarán historias de superación al estilo occidental, es decir: individuos en pos del éxito personal e intransferible. Michael Phelps que se ha convertido en el atleta más laureado de la historia a base de talento natural y ambición personal, o la insultante superioridad de Usain Bolt, el caribeño que no quiso siquiera salir de su isla a estudiar y progresar en universidades norteamericanas y que sin embargo exhibe sin pudor su infantil competitividad. Son dos atletas que se caracterizan por un espíritu más bien rebelde y divergente. Impensable su supervivencia en la concentración de deportistas chinos, en la que la consigna por antonomasia es la obediencia ciega.

                                                                    Al final resulta que las grandes hazañas deportivas de unos jóvenes entregados a correr más rápido, a saltar más alto, a lanzar más lejos o realizar más tirabuzones pueden decidir el estado de ánimo de un operario con dificultades para atarse los zapatos por culpa de la hernia discal que le ha provocado el tirarse demasiadas horas sentado delante de un monitor. Ya sea que se alegre por formar parte de una maquinaria bien engrasada en pos de la excelencia nacional, o ya sea porque alberga la esperanza de superar su mediocridad y alcanzar el reconocimiento y el triunfo personal. Algún día. De algún modo.